Cuántas noches emborronando cuartillas. Cuántas ojeras difuminadas bajo tus cansados párpados color violeta… y total, ¿para qué? ¿De qué te sirve ser escritor? ¿Ganas dinero? ¿Te hace sentir bien?

¡Sólo un idiota escribiría por Amor al Arte!. Además, los artistas son escoria, basura. El peldaño más bajo en el escalafón de la vida… siempre tan sensibles, tan enamorados, tan melancólicos, ¡tan de todo… que dan asco!

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En cambio, mírame a mi. Vivo tranquilo, sin preocupaciones ni responsabilidades, y además me descojono de ti, día sí, día también…

Acepta este consejo y olvídate. ¡Sí, sí, déjalo!. ¡No tienes ningún futuro!

No sé, siempre puedes volver a emborracharte con tus colegas. Mezclar ansiolíticos con alcohol, o intentar “tirarte” a una de esas solitarias mujeres, que se encuentran en el rincón más oscuro, al fondo de la barra bebiendo Gin Tonics en vaso largo.

¿Te acuerdas? Ellas sólo buscaban un poco de conversación, y tu acababas bajándoles las bragas en el baño o en la trastienda del bar.

!Esos tiempos, eran cojonudos, amigo¡ Noches locas, mañanas de desenfreno, y vuelta a la rueda..( ¡Sí! era una jodida ruleta rusa, pero era divertido y lo pasábamos de puta madre).

Ahora sólo te lamentas por lo que pudo haber sucedido y nunca pasó. Créeme, las segundas oportunidades no existen. ¡Sé lo que te digo!

A ver, es tu vida, yo sólo quiero aconsejarte, pero no creo que vayas a sacar nada en claro si sigues por este camino. Además, tú siempre te has guiado por ese orden cronológicamente desordenado que sólo entienden los de tu calaña.

Y por cierto…Olvídate de amores imposibles y de sueños ya caducos. Comienza a ser un poco más racional. La realidad es otra, y aunque no la quieras ver, ahí está.

Ahora voy a descansar un rato. Necesito dormir. Me siento cansado, pero no te descuides.

Mis letargos son lo suficientemente cortos e intensos, como para que puedas sentirte tranquilo.

18 Meses más tarde.

     La mañana estaba soleada en Madrid. En el Paseo de La Castellana, desde la trigésimo cuarta planta de la “Torre de Cristal”, sólo podía distinguirse en el horizonte, un azul claro, que parecía querer envolver los tejados de los edificios de aquélla gran urbe.

08

Salvador, agitaba sus manos inquieto con sus codos apoyados en aquélla elegante mesa de roble, mientras su editor trataba de tranquilizarlo.- Relájate hombre, las presentaciones son así. Ten paciencia, es como funciona ésto.

Salvador se retiró un momento al servicio. Se quedó unos eternos segundos mirando su rostro en el lavabo. Se enjuagó la cara con agua fría y secó su frente y mejillas, con toallitas de papel. Aprovechó para sacar su “petaca de viaje” del bolsillo interior de su americana y le pegó un largo trago al whisky.

  -Ahora me siento mucho más tranquilo. -Pensó… Y salió del baño.

De nuevo en la estancia y con su editor ya acomodado al margen izquierdo de la mesa, comenzaron a entrar un montón de periodistas eufóricos.

Comienzan el interrogatorio; ¿Qué se siente al vender tantos miles de ejemplares con una primera novela y siendo tan joven? ¿Para cuando una segunda entrega? ¿De dónde sacó la idea para escribir la historia? ¿Cómo ha cambiado su vida desde que escribió el libro? ¿Cómo se siente al haberse convertido en un personaje público? ¿Por qué no se deja ver nunca en sociedad? ¿Cómo?… ¿Cuándo?… ¿Por qué?…

Las preguntas golpeaban en la cabeza de Salvador y rebotaban de nuevo hacia los periodistas, en forma de respuestas breves y escurridizas.

Tres horas más tarde, después de atender los “ruegos y preguntas” de aquélla manada de “paparazzi enfermizos” y de firmar cientos de libros con la mejor de sus sonrisas, por fin, todo había terminado.

Bajó hasta el hall de aquélla gigantesca torre de cristal. Entró en el bar del saloncito y pidió un trago. Miró a su alrededor, escurrió el contenido del vaso en su garganta y rápidamente salió a la calle.

Se acabó. Trabajo cumplido. Sacó un pitillo de sus “flamantes pantalones nuevos”, comprados en un viejo almacén del barrio de Vicálvaro y se dirigió a la primera boca de metro.

Cogió la línea 6, la regular, y estuvo dando vueltas por los subsuelos de Madrid durante al menos un par de horas. Sentado en aquél sucio vagón. Viendo el entrar y salir de la gente. Pensando…

Por  fin, en la estación de Pacífico, decidió hacer transbordo a la línea 1. Se bajó en  Puente de Vallecas.

En el barrio todo seguía igual. Nunca cambiaba nada. Era como una de ésas viajas fotos en blanco y negro. Todo estaba triste, pero acogedor al mismo tiempo. Salvador se sintió tranquilo y protegido.

Antes de subir a su diminuto apartamento destartalado, decidió comprar una botella de whisky en el chino de al lado de su portal. ¡Había mucho qué celebrar!

Abrió la puerta de su su casa, cogió un vaso y un par de hielos de la cocina y se sentó en su viejo somier a descansar y beber.

Decidió darse un baño caliente. Cuando se zambulló en aquélla cristalina agua, ya se había bebido las tres cuartas partes de la botella. Su cabeza descansaba tranquila sobre el hierro fundido de aquélla antigua bañera, y mientras apoyaba con una mano la botella en el suelo, después de dar el último trago, con la otra descubría bajo la esponja, la cuchilla que estratégicamente había dejado preparada por la mañana.

Con su mano izquierda temblorosa, guillotinó de un corte limpio las venas de su muñeca derecha, y a continuación hizo lo propio con las de la izquierda. Sumergió los brazos en el agua tibia. La sangre brotaba a borbotones de entre sus muñecas, y por un momento observó que era una imagen hermosa. Pensó en escribirlo, pero ya era demasiado tarde. Decidió que ya era hora de descansar. Había cumplido con su sueño. Un sueño letal, pero un sueño.

Salvador sólo quería escribir. Contar historias. Y lo había conseguido.

Quizás, el final no era como él había imaginado, pero muchas historias que vivimos se consumen de una forma un tanto extraña, o como no quisiéramos que terminasen.

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