Tenía la necesidad de expresarme. Necesitaba escribir.

Preparé una taza de café y me senté frente al papel en blanco. Cogí mi pluma, pero parecía estar sin vida, inerte. Se encontraba inmóvil. Me aseguré de que el cartucho tenía tinta. Todo estaba correcto..

Intenté tranquilizar mi ansia recostándome un rato. No recuerdo muy bien cuanto tiempo estuve mirando al techo. Calculo que un par de horas.

El vértigo y el vacío yacían en mi cabeza. Inmutables. Acechando silenciosos. Intentando mimetizarse con los demás sentimientos, pero éstos ya no podían engañarme. Los sé reconocer perfectamente, y sé lo que buscan de mí.

Cuando me encuentro en esta catarsis, necesito correr, gritar, activar mis sentidos.

Me vestí y salí a la calle. Comencé a pasear sin rumbo alguno. La gente pasaba a mi lado distraída. A veces me miraban, otras me rozaban(odio que la gente me roce al pasar a mi lado).

Metí la mano en el bolsillo interior de mi vieja “chupa” de cuero buscando la cartera y encontré un papel arrugado. Estuve a punto de tirarlo, pero me dió la sensación de que había algo escrito… Ariadne 636 27….

Aquélla noche que nos conocimos, fue especial. Bebimos, bailamos, hicimos el amor… ¡qué cojones!, ¡follamos!,¡follamos como animales! ¡Ésa mujer era un volcán! Una Semi Diosa del Olimpo.

Semi Diosa, porque doy fe que su cuerpo era de carne y hueso.

No había vuelto a verla desde aquel día(las cosas interesantes pasan solo una vez. Repetir, a veces es un error, o se vuelve aburrido)

En cualquier caso, decidí llamarla, no tenía nada que perder.

-¿Hola?

-¡sí!, Ariadne, soy Javi,¿recuerdas la noche en que…

-Claro Javi. ¿Qué es de tu vida guapo? No volví a saber de ti.

-Ya bueno…el caso es que me he acordado de ti y me preguntaba si te gustaría tomar un café.

-Claro, por qué no. Vente a mi casa. Hoy hace mucho frío. ¿Recuerdas mi dirección, verdad?, ¿O estabas demasiado borracho…

-Más o menos… En media hora estoy.

Tardé en llegar a su casa, algo mas de lo que pensaba. Me perdí, claro. Abrió la puerta. Era tan bonita como la recordaba. Más aún. Su sonrisa iluminaba toda la estancia y me invitó a pasar.

Aquélla noche charlamos acerca de absolutamente todo lo que se puede charlar.

Parecía que el tiempo se hubiese detenido y bebimos vino de garrafa hasta que a Ariadne se le cerraron los ojos, quedando adormecida sobre el sofá. La tapé con una manta, besé su mejilla y le di las gracias por escucharme.

Antes de largarme dejé los 50 euros en la mesita de al lado de la cómoda, debajo del teléfono, donde pudiese verlos, y cerré la puerta del piso muy suavemente.

Ahora Ariadne y yo, somos muy buenos amigos, quedamos a menudo y nunca me ha vuelto a cobrar.

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