Llevaba 3 días borracho como una cuba. No sé muy bien como acerté a llegar hasta mi casa aquella noche. Lo que recuerdo es estar tumbado sobre el colchón de mi habitación babeando y purgando a través de mi cuerpo, el alcohol que éste escupía por todos y cada uno de los poros de mi piel.

Es todo lo que recuerdo. Eso, y el vano intento de querer fijar la mirada en el antiquísimo póster de la “interviú” que tantos años llevaba pegado con cola, en el lateral de mi armario.

Estaba situado justo a los pies de mi cama, centrado en mitad de la vieja madera de teca.(Supongo que la ubicación del mismo, estaba estratégicamente pensada).

32736239“Diosas del Erotismo”, rezaba el título de la fotografía (lo recuerdo porque había leído aquella frase cientos de veces a lo largo de mi vida) en la que aparecía una espectacular y sensual, Jackie King semidesnuda, la cuál parecía querer devorarme con la mirada. Realmente creí que me observaba fijamente aquella noche.

En cualquier caso, la cara de Jackie comenzó a desdoblarse por momentos, y no tuve mas remedio que entornar la mirada y sumergirme en un plácido y profundo sueño…

Plácido, durante escasas tres o cuatro horas, tiempo más que suficiente como para que el huracán que asolaba mi cabeza, perdiera magnitud y se redujera a tormenta tropical.

Durante ése corto período de tiempo, soñé con El Unicornio. Dicen que sólo la gente pura de corazón, puede ver El Unicornio, pero el mío comenzaba a pudrirse. Empezaba a descomponerse lenta pero incesantemente, sin aparente dolor, pero con mucha rabia contenida. Resquebrajándose. Dejando jirones de desesperación con cada sístole y diástole.

Desperté a la mañana siguiente y alargué “el descanso” todo lo que pude para engañar a mis sentidos. No sé muy bien a qué hora me levanté, pero mi corazón se notaba desbocado y mis pensamientos se volvían obsesivos. Me tomé dos spidifen y un ibuprofeno…

-¡Mierda!, pensé…

– No me queda omeoprazol (Cuando no tengo la mollera en sus cabales, pienso y digo muchas gilipolleces).

La cabeza me iba a estallar. Volví a la cama y me masturbé. Dos veces.

A continuación intenté relajarme dándome una ducha primero con agua caliente y luego con agua fría. Me vestí en el cuarto de baño, y después de evitar mi reflejo en el espejo, salí de casa empujado por una extraña inercia que me llevó de nuevo al bar de todos los días.

Las puertas Del Templo, volvían a abrirse de par en par ante mi siniestra figura y tomé asiento en el primer taburete que encontré vacío.

-¡Tienes mala cara Cues¡

– Ponme una cerveza bien fría tronco, hoy no me encuentro bien.

– Marchando….

Las lágrimas de agua derretida que resbalaban por toda la extensión del curvilíneo cuerpo del botellín, hacían ensalzar aún más el gélido líquido color oro que llevaba dentro.

La cerveza se presentaba ante mis ojos de tal forma, que por un momento fui capaz de imaginar lo que sintió Eva en el Paraíso cuando la serpiente la tentó con la manzana, sólo que yo no estaba desnudo. No por el momento…

No sé que coño se me pasó entonces por la cabeza, o que clase de Ángel de la Guarda, transmutó su energía hacia mi débil persona, pero una extraña fuerza me arrastraba hacia los servicios.

Entré en el de caballeros (no siempre lo hago y he tenido vivencias varias en el del sexo contrario. Unas agradables y otras no tanto).

Apenas se podía ver. La luz de la bombilla parpadeaba casi fundida y tan sólo un par de diminutos insectos, que revoloteaban alrededor de la misma, eran testigos de excepción del momento.

Con mucha fuerza de voluntad, decisión y entereza, vertí el contenido del recipiente en el interior del retrete. Me resultó más fácil de lo que esperaba.

Una sensación placentera, me recorrió la columna hasta llegar al cerebro. Me sentía mucho más liviano. Salí del bar sin despedirme y sin pagar.

La botella de cerveza vacía quedó apoyada en la repisa de la pequeña ventana de aquel decrépito baño, entornada sobre los barrotes. Parecía como si pidiese libertad a través de aquel resquebrajado cristal, que debían haber roto a causa de alguna pelea o algún intento de robo. La botella parecía triste, como si nunca hubiese sido amada.

El caso es que no volví a probar el alcohol… no en una buena temporada…

Ahora solo bebo de vez en cuando. Muy de vez en cuando…

Pero he de reconocer que en ciertos atardeceres en los que La Luna llena presagia su inminente aparición, vuelvo a las andadas. Las borracheras vuelven a ser épicas. Y el carcelero que custodia mi noche, vuelve a darle rienda suelta a mi locura. Y sé que lo paso muy bien. Y nunca recuerdo nada.

 

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