Todo indicaba que aquélla, iba a ser una mañana radiante. Tumbado en la cama, observaba los destellos de luz, que se reflejaban en mi pared, a través de las hendiduras que dejaba mi persiana mal cerrada. Ya era lunes por la mañana. Había dormido un montón de horas.

Me levanté muy despacito y me quedé sentado en el borde de la cama (observé que el primer pie que apoyaba en el suelo, era el izquierdo… qué tontería, pensé). Estiré los brazos al tiempo que bostezaba e intentaba desperezarme. Alcancé la vertical, me arrasqué los huevos, y sin dejar de hacerlo abrí la persiana.

No me había equivocado, el sol empujaba con fuerza sus rayos, arañando a su paso todo lo que se cruzaba en su camino. Desde la ventana de mi habitación, se apreciaba, hasta donde alcanza la vista, un manto verde, lleno de frondosos árboles y bonitas flores descapulladas, que reverenciaban y saludaban, dando la bienvenida a la primavera. Respiré hondo. ¡El olor era fuerte en la casa!

Decidí tomar un desayuno como los que tomaba antes, cuando todo era diferente. Lo merecía. La noche del sábado había sido especialmente hermosa. Freí un par de huevos con bacon, salchichas y zumo de naranja. Me preparé una taza de café, y encendí un cigarrillo. Dejé el “pito” a medias apoyado en el cenicero y entré en el baño a dejar un “paquete” en el retrete.

Cuando regresé a la cocina, el cigarro se había consumido dejando un reguero de ceniza. La boquilla , todavía escupía sus últimas bocanadas de humo.

Eras las 12 pm. Me encontraba cansado. Había sido un fin de semana muy intenso. Lo pasé realmente bien y aunque no recuerdo a qué hora me acosté el domingo, sé que ya el mediodía asomaba la cabeza inquieto.

Siempre que salgo a la aventura, se me hace muy, muy tarde.

Intenté hacer memoria de todo lo sucedido. Eran muchas cosas… había estado en tantos garitos y visto a tanta gente…

El primer bar que visité, recuerdo que fue “La Repisa”. No había mucha gente. Tomé mi ron con cola en vaso de tubo y apenas tuve opción de entablar conversación con nadie, así que terminé mi copa y salí a buscar algo más de ambiente. Anduve por varios locales de la zona, y tomé unas cuantas copas. No recuerdo el número, pero ya mi cabeza se notaba embotada y mi cuerpo bastante desinhibido.

Seguí bebiendo… tengo una pequeña laguna de un par de horas.

Recuerdo aterrizar (no sé muy bien cómo) en aquél jodido local de moda, al que siempre había evitado ir, por no ajustarse mucho a mi rollo, aunque lo cierto, esque aquella noche, parece que tomé la decisión acertada. Fue allí, donde conocí a ésa pareja tan simpática que había venido a pasar  unos días desde el sur del país.

Verónica y Hugo se llamaban. La verdad esque  hay momentos en la vida, en la que te cruzas con gente realmente buena. Gente que merece la pena. Bebimos y bailamos hasta que nos cerraron los bares. Como todavía se iban a quedar un par de días más en la ciudad y no tenían ninguna prisa, decidí invitarles a casa para que pudiésemos seguir la juerga (me fiaba totalmente de ellos, se les veía muy buena gente).

Cogimos un taxi, y nos dirigimos a mi humilde casa a las afueras de la ciudad.

He de decir, que Verónica era una muchacha muy guapa, de unos 35 años. Tenía un cuerpo de escándalo. Sus pechos eran grandes y tenía un culo precioso en forma de corazón. Hugo no estaba nada mal, y aunque no me van los tíos, le encontraba cierto atractivo.

Saqué una botella de mi ron preferido y seguimos bebiendo y destenillándonos de la risa. Cuando ya habíamos terminado con casi las tres cuartas partes de la misma, decidí que era el momento. Me encontraba muy excitado y necesitaba expresar mis sentimientos. Ahondar en mis emociones. Así que lo hice…  fui hasta la habitación del primer piso, busqué en el armario donde guardo mis juguetes, y deshice el camino sobre  mis mismos pasos donde se encontraban Hugo y Vero, pasándolo en grande.

Recuerdo, que la primera cuchillada se la llevó Hugo. Fue una puñalada certera, a la altura del corazón. Aún me estremezco de placer, recordando como la sangre salpicó toda mi ropa y rostro alcanzado un segmento bastante grande de pared. ¡Fue increíble!

La reacción de Verónica fue ninguna. Durante dos o tres  segundos, se limitó a observar la original escena petrificada, con los ojos como platos, como si no pudiese creer lo que estaba pasando.

De repente, pálida como si hubiese visto un fantasma, intentó articular una especie de grito fallido y quiso salir corriendo, pero la suerte estaba de mi lado y entre los nervios y la borrachera, tropezó con la mesita de  madera  del salón y cayó de rodillas al suelo. En ése  mismo momento, desenvainé mi espada del corazón de Hugo, y embestí la espalda de Verónica con una violencia inusitada en mi. Se desplomó sobre el suelo y la atesté tres o cuatro puñaladas más…  no recuerdo muy bien cuantas fueron,(a ésas horas estaba ya muy borracho) quizá fueron seis o siete.

Lo que vino después, la rutina de siempre.

Sus cuerpos despedazados, ahora descansan en el sótano, junto con los demás trofeos bajo la lona de poliester dentro de bolsas plásticas.

El de ésta noche ha sido un trabajo especialmente fino. Con cada nueva obra maestra, sin duda mejoro mi estilo y destreza en éste campo. La verdad esque soy una persona muy perfeccionista. Siempre me exijo el máximo a mi mismo.(Es algo que me enseñaron de pequeño).

No creo ser un psicópata ni tener ningún tipo de trastorno mental. Hablo con conocimiento de causa, he leído mucho acerca del tema.

De lunes a viernes, trabajo muy duro en la fábrica de enlatado de carne. También me gusta salir con chicas y pasarlo bien, pero algunas noches, una especie de cortocircuito dentro de mi cabeza me empuja irremediablemente a salir a la calle y disfrutar de una horas de desenfreno. Al fin y al cabo, yo lo veo como pequeñas excentricidades, y pienso que todos en la vida debiéramos tener algún vicio, para rehuir la monotonía…

 

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