Imagina por un momento que eres un perro, un perro normal. Al nacer la naturaleza decidió no dejarte desamparado ante las inclemencias meteorológicas y además de dotarte de una buena mata de pelo para protegerte del frío, grabó en tu ADN las respuesta que debes emplear cuando ni siquiera tu revestimiento natural es suficiente para mantener el confort: “Corre a cobijarte”.

Así que cuando el invierno llega a tu ciudad sales del piso en el que vives lleno de confianza. Vas al parque a disfrutar de uno de tus momentos favoritos del día cuando al salir por la puerta del portal el/la maruj@ desaprensiv@ con el que vives decide enfundarte en un chubasquero.

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Aquí la regla de tres es simple:

Si con mi cazadora del H&M → Tengo un poco de frío

Entonces al perro → Chubasquero estampado con capucha

Ahora imagina que eres un tiburón blanco, un tiburón blanco normal. Vas nadando por la costa de Sudáfrica y de repente detectas algo…. “¿Qué es eso? ¿es sangre?… Oído cocina”.

Llegas al lugar, localizas a tu presa, y tratas de pegarle una buena dentellada, pero es escurridiza y se te escapa. En el segundo intento vas más decidido, tanto, que impulsas la mitad de tu cuerpo fuera del agua persiguiendo ese pedazo de carne. Justo en ese momento 25 flashes de cámara de teléfono móvil te ciegan mientras un fulano de Calahorra, que ha ahorrado lo suficiente para pegarse un viajecito a ver tiburones, te acaricia el lomo.

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Aquí la regla es directamente proporcional:

Cuanto más ames a los animales → Más ganas te van a dar de repartir caricias cuando no debes

Por ultimo imagina ser una ballena Orca, una ballena Orca normal. Has nacido en cautividad, y vives en una pecera gigante de Seaworld (parque acuático de San Diego). Normalmente pasas los días pegando saltos, dando palmadas con las aletas, y comiendo el pescado que te dan unos seres vestidos con traje de neopreno. La vida es tranquila, monótona, pero en el fondo de tu ser sientes que te falta algo, aunque no sabes muy bien qué es. Hasta que un día algo en ti despierta. Un impulso interior, algo que en tu subconsciente te hace preguntarte “¿A qué sabrá el del neopreno?”. Así que decides comprobarlo. Nada aparatoso, un pequeño tiento a la altura del tobillo, y ya que estas decides arrastrarlo para que conozca el fondo de la piscina.

Otra regla de tres simple:

Si el animal me obedece (a mi, que soy Dios) → Es inteligente

Si un día me muerde (aunque sea algo intrínseco a su naturaleza) → Ha enloquecido

“La naturaleza es sabia”, “Madre naturaleza”…… Los humanos sentimos la necesidad de dotar de cualidades humanas a la naturaleza para poder comprenderla. Sentimos la necesidad de comprenderla para poder dominarla. Sentimos la necesidad de dominarla para convertirla en algo previsible (El conocimiento disipa el miedo).

El problema es que no se puede hacer previsible algo que tiende al caos.

LA NATURALEZA TIENDE AL CAOS.

¿No me crees? Creo que puedo demostrarlo….. Pero eso ya será en la segunda parte de este artículo.

Dentro de unos días será el momento de ponernos técnicos y escurrir un poco las neuronas. Será cuando lleguen Edward Lorenz, Laplace, “el efecto mariposa”, los atractores y las ecuaciones diferenciales……

El momento de descubrir porque la naturaleza es imprevisible y este mundo es puro CAOS.

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