Tardé en contestar, la propuesta cayó en mis manos como un conjuro casi a la vez que mi necesidad de largarme me hizo pensar en lo que menos seguridad me da, en ese cúmulo de circunstancias que en vez de alegrarte te hacen pensar…preocuparte…

Pero no hay peor compañera de camino que la necesidad y contesté con un sí que aún resuena en mi cerebro…

Me dejo acariciar por la suave brisa del mar, mientras observo las olas que provoca el motor de la lancha en el mar mientras me conduce a lo que será mi nuevo hogar.

No puedo dejar de pensar en todo lo que dejo atrás, una familia, amigos, mi ciudad…tantas cosas, pero también un pasado que me gustaría olvidar…que ni siquiera sé como entre en el.

Por fin llego a mi destino, un pueblo costero de pocos habitantes, con sus casas marineras, su pequeño embarcadero de madera vieja que cruje en cada paso como si quisiera anunciar mi llegada a los pobladores de esta nueva vida.

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La gente mira curiosa, percibo que no tiene demasiadas visitas, sus miradas curiosas y sus cuchicheos tras de mi…realmente me siento observada y camino todo lo deprisa que soy capaz con mis zapatos de tacón tan inapropiados para caminar por este sendero sin asfaltar.

Acostumbrada a vivir en la cuidad, donde el ruido de tus tacones pasa inadvertido, tanta expectación acaba por ruborizarme. La gente pregunta por mi procedencia, por mi familia, por mi estado civil, por la talla de mi falda y yo me veo obligada a evadir sus preguntas como buenamente puedo…sonriendo levemente y desviando la mirada, devolviendo preguntas… intentando con ello desvelar lo menos posible sobre mi persona.

Cierro la puerta tras de mi, por fin me encuentro a solas. La única pensión del pueblo es más bien modesta, aunque antigua tiene ese encanto de las casas viejas pero cuidadas. La habitación no es muy grande, pero suficiente para albergar una cama de forja, un pequeño armario y un escritorio, la ventana da al muelle y aunque carece de persiana tiene dos contraventanas que supongo me darán la intimidad suficiente.

Tres meses después.

Apenas he dormido, el viento ha enbestido las contraventanas una y otra vez y la lluvia que irrumpió en mitad de la noche entrando por la mar sin previo aviso, han hecho que apenas haya conciliado el sueño a pesar de mi pastilla mágica que consigue al menos concilie el sueños unas pocas horas, suficientes para manterme cuerda el resto del día o al menos dejar de oir una vez tras otra todas estas voces que me siguen atormentando día tras día.

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He cambiado mis tacones por katiuskas, mi abrigo de marca por un chubasquero negro y mis vestidos por vaqueros. Me dirijo a mi trabajo, la recepción en la consulta del médico del pueblo, un hombre de unos cuarenta años, ojos azules, alto y encantador, aunque a veces tiene un extraño temperamento que yo atribuyo a las preocupaciones de su trabajo o tal vez a que comparte vida con su madre, una mujer controladora y extraña que enviudó hace unos años de manera un tanto misteriosa. De hecho he llegado a la conclusión que es tema tabú para los vecinos del pueblo y yo casi prefiero no saberlo.

Estoy entusiasmada, he quedado a cenar con Santiago. Santiago es mi jefe y el único médico de la villa. Después de insistir varias veces acepte su invitación. Lo cierto es que me costó, aún siento un extraño miedo a todo lo nuevo, me asusto con facilidad solo con la mera expectativa de quedarme a solas con alguna persona y un tembleque difícil de controlar recorre mi cuerpo de pies a cabeza.

Sigue lloviendo pero no estoy dispuesta a presentarme con katiuskas a mi cita.

Elijo mi vestido negro sin mangas y por supuesto mis zapatos de tacón, a pesar de que sigue lloviendo. Apenas tengo tiempo para ducharme, pasarme las panchas por el pelo, maquillarme…cuando llaman a la puerta.

-Perdona, oh que guapa ¿vas a salir?

-Bueno, si, si….voy a salir a cenar fuera…¿querías algo?

-Oh sí, claro, no quería molestar pero ha llegado está carta por la mañana y bueno…había pensado que te alegraría tener noticias de…bueno…¿tú novio tal vez?

-No, no no, no tengo novio pero muchas gracias, eres muy amable…perdona tengo que salir en breve y…

¿Una carta? ¿a mi nombre? Nadie sabe mi dirección. Ni siquiera mi familia.

Abro la carta con impaciencia y leo:

¿Por qué tomé este lápiz…por qué te busqué en este turbio papel?

Por qué sabiendo que te fuiste a cumplir tu perversa palabra,

la que dejaste salir después de mi beso, la que sabías me costaría en vida morir cada uno de mis días…

Porque busco en este papel la explicación aún sin respuesta, porque en letras mías busca la razón, la que te llevó, la que no digiero yo.

¿Por qué hoy y no mañana, por qué hoy y no jamás?

Si jamás será cuando vendrás a ver, si jamás sabrás de las letras que terminaron de ensuciar este turbio papel, el que me tocó hoy hacer, papel de cordero de ojos vueltos, mientras tú paseas al sol que más calienta, el que también se te da y dará.

No sé, ni sé si sabrás…quizás el error está en pensar que lo que perdemos nunca volverá…o quizá si.

Firmado: J.N. Romasanta