Después de aquella noche el insomnio volvió a instalarse en mi cama, las noches parecían tener horas extra.

Mi mente no podía dejar de pensar en lo ocurrido aquella noche de luna llena, ese chico muerto a escasos metros de mi casa y yo no recuerdo haber oído ni un solo ruido aquella noche, ni siquiera esos que atormentan mi cabeza.

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Aquella muerte y la forma en que ocurrió trajo de cabeza a la policía durante un tiempo, la investigación se topaba una y otra vez en un absurdo imposible de explicar. El forense solo pudo determinar que la muerte fue debido al desgarro en el cuello de la victima, pero nunca supo descifrar qué o cómo se la infligieron  y mucho menos quién. Pero si había  algo que realmente le inquietaba eran los ojos de aquel hombre, una percepción de terror en el semblante de aquel cadáver le perturbaba y no dejaba de hacerse preguntas ¿qué fue lo que último que vio aquel hombre…? ¿qué ocurrió?

Fueron días extraños y difíciles, respondiendo una y otra vez a las mismas preguntas. En algún momento me sentí acusada bajo aquel foco, sentada detrás de aquella mesa, detrás de aquel espejo, observada al milímetro, con una extraña sensación en mi pecho de saberme tan cerca de la muerte y sin embargo no me eligió a mi…o quizá no la elegí yo a ella.

       –    Sí, paso cada noche por esa calle camino a mi casa

  • Sí, nos cruzamos cada noche y mantenemos una breve conversación

  • No, esa noche no lo vi

  • No, no recuerdo haber visto nada, ni oído nada, nada (ni siquiera a mi misma pensé)

¿Cómo era posible que no escuchara, que no viera, que no recordara?

Era evidente que no me creían, aunque nadie me acusaba de su muerte, eso era obvio, con  mi pequeño cuerpo era imposible hacer tamaño daño a nadie…al menos no de aquella manera.

Los días, las semanas se convirtieron en una pesadilla. No había semana que no encontrara una carta debajo de mi felpudo, cartas que me inquietaban, cartas que anunciaban y que provocaban una sensación de inquietud y que no conseguía adivinar exactamente que pretendían, ¿acusarme tal vez? ¿amenazarme? Tal vez anunciaban mi muerte, realmente no lo sé, las visitas a la comisaria se habían convertido en parte de mi rutina y sentirme observada era ya una costumbre.

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El miedo era ya una invasión en todo mi ser, ya no era angustia, ni extrañeza, era miedo, realmente estaba asustada e inquieta todo el tiempo.

Mis ausencias y mi falta de concentración en el trabajo provocaron lo inevitable, cosa que en el fondo agradecí. Una excusa más para no tener que salir de casa.

No tomaba ansiolíticos, más bien los tragaba uno detrás de otro en un intento por calmar mi mente, por desconectarme de mi misma, por dejar de sentir, pero ni con esas lo conseguía.

Mi pasatiempo se convirtió en comprar impulsivamente cerrojos para la puerta, para las ventanas, para las persianas, para la puerta de mi habitación. Convertí mi casa en mi propia cárcel, la única ventana que abría era la del ordenador, ahora compañero inseparable. Y es así como perdí la cuenta de los días…

me escondía pero ¿de qué? ¿de quien? ¿qué significaban todas esas cartas que recibía? Yo no había hecho nada

 ¡YO NO HABÍA HECHO NADA!

No sé por qué pero sentía que la mayor acusadora era yo, tenía miedo de haber sido yo, esa idea rondaba mi cabeza día y noche y tras ese pensamiento la negación, no podía ser, eso no podía ser, aun sin acordarme de nada…no, eso no.

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Mis oídos oían voces, discutía conmigo misma una y otra vez y mi piel, mi piel se hizo tan sensible que el leve roce de la esponja, del jabón, del agua de mi bañera que antes tanto me relajaba, ahora provoca una sensación de ardor casi insoportable, me quema hasta el alma misma y quisiera arrancarme la piel a jirones. Es tan fuerte esta sensación, tan poderosa que a veces descubro arañazos profundos en mis brazos, en mis muslos, en mi vientre y no soy consciente del daño hasta ver fluir la sangre por mi cuerpo.

Y de nuevo mi mente es extraña, mi cuerpo es extraño, todo es extraño y por fin salgo a la calle y una luna llena alumbra el camino. Vuelve el silencio a mi mente y el miedo se aleja. La ciudad duerme silenciosa, mi respiración profunda y pausada como hacía mucho que no sentía. De vuelta a casa el insomnio me abandona, al menos por hoy.

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  • Inspector Montalvo ¿estamos ante un asesino en serie o son dos casos claramente diferenciados? ¿cree usted que la población debe alarmarse? Es el segundo caso en apenas un mes ¿podría aclararnos las causas de la muerte?

                 

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De nuevo las mismas preguntas, las mismas respuestas. De nuevo esas dichosas cartas. De nuevo el miedo, el insomnio y de nuevo este encierro voluntario que amenaza con acabar conmigo.

Las horas pasan como si fuesen días y los días como si fuesen semanas. Pero yo no puedo salir de esto…que ni siquiera sé que es. Solo pienso en escapar, huir de esta ciudad, huir de mi, de todo y todos y huir de aquel día que cambio mi vida para siempre.

Llaman al timbre, por supuesto no tengo intención de abrir. Espero que se aleje lo suficiente para abrir la puerta y compruebo que nadie me observa para recoger aquella carta…aquella carta. La carta.

                                                                                                               CONTINUARÁ…….