La noche anterior decidimos despedirnos de Caracas con una cena en el mesón Aranjuez, un pedacito de cultura española en pleno barrio del Rosal, una de las zonas más seguras de la ciudad. El restaurante es una reliquia de la España cañí, con sus paredes llenas de platos de porcelana y fotos en blanco y negro de un país que hace años se pasó al technicolor. Aun así, el local desprende un toque rancio pero señorial. En la entrada, junto a los aparcacoches, una gran señal prohibiendo las armas de fuego dentro del local da la bienvenida a los comensales, y nos recuerda que estamos en Caracas.

Arepitas con nata y punta a la brasa, las especialidades del local. Hace años que Venezuela dejó de exportar carne al mundo, así que hoy en día, la tradicional punta se importa desde Argentina o Brasil. En todas las mesas, en lugar de centros florales, una botella de whisky compartida por los comensales preside la mesa. En el país del ron por excelencia, el whisky es el rey. Venezuela siempre aparece entre los diez mayores consumidores de whisky del mundo, y está claro que los rankings no se equivocan. Para despedirnos, y a pesar de la preferencia local por el whisky escocés, un ron con hielo y limón. El ron en Venezuela, como el whisky, no se mezcla.

A la mañana siguiente, partimos para Canaima, a 1.500 kms de la capital. Son las cuatro de la mañana, noche cerrada, y transitamos por la capital en una autopista maltrecha, entre miles de casitas destartaladas que cuelgan de los cerros. Desazón, sueño, cansancio… y un poco de miedo.

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El primer vuelo del día nos lleva a Puerto Ordaz, en el estado Bolívar, y una hora después, tomamos una avioneta rumbo a Canaima. Cuando la avioneta inicia el descenso, comenzamos a sacudirnos el miedo del cuerpo y hasta nos olvidamos de que volamos en una cafetera con sillones de tela de leopardo.

En Canaima no hay aeropuerto, solo un descampado donde aterrizan avionetas. Una nube de guías locales y jeeps espera pacientemente tras una cuerda que delimita la zona de aterrizaje. Tras unos minutos por una pista de tierra, llegamos al campamento, frente al río Carrao. Maletas, llaves, bienvenidas, instrucciones…nos llevó unos minutos darnos cuenta del espectáculo que teníamos delante. Flanqueando el río Carrao, como guardianes en su camino hacia el Caroni, una hilera de “tepuyes”, mesetas especialmente abruptas y cimas planas (según la Wikipedia). La vista parece irreal, sacada de un libro de ciencia ficción.

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Aunque estoy segura de que hubiésemos echado la tarde al fresco bajo un árbol junto al río, en el campamento nos animaron a regresar a la laguna Canaima. Aún no ha llegado la época seca, y las siete cataratas que llenan la laguna van cargadas de agua.

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El primer paseo por dentro de las cataratas, detrás de las cortinas de agua, siempre me recuerda a la escena del “Último Mohicano”. Lo que no aparece en la película es la humedad y el musgo que crece entre las rocas, y que te mantiene en vilo todo el trayecto. Romperse la crisma en la laguna Canaima, por muy aventurero que suene, no es mi idea de dejar huella en este mundo. Después de tanta tensión, llegó la recompensa, y podemos nadar libremente bajo la caída de la catarata del Sapo.

Son las cinco de la tarde, y de vuelta en el campamento, esperamos el anochecer junto al río, cervecita en mano. A la mañana siguiente remontaremos el río Carrao para llegar al Salto del Ángel, pero eso merece otro capítulo. Éste acaba al atardecer…

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