Lituania, Letonia y Estonia son conocidas como las repúblicas bálticas; aunque tras independizarse de la Unión Soviética en 1991, sería más actual el término de estados bálticos. Os presentamos un breve recorrido por una zona que no ha hecho sino progresar desde la citada autonomía, centrándonos en sus respectivas capitales cuyos cascos históricos son considerados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. 

Desplazándonos de sur a norte, comenzamos por Vilna, en Lituania. Elegida Capital Europea de la Cultura en 2009, en esta bella ciudad lo clásico se mezcla con lo moderno y su parte esencial podrá ser visitada tranquilamente en un día. Su precioso ayuntamiento puede ser un buen punto de partida para a continuación pasear por la calle Pilies, las más antigua de la ciudad y que actualmente es una vía peatonal con multitud de restaurantes, cafés y tiendas de souvenirs. Por esa zona recomendamos no perderse la Torre de Gediminas, atalaya que aún resiste y que formaba parte de un castillo medieval. Se puede subir a bordo de un funicular pero caminando se tarda muy poco. Desde allí podremos divisar toda la ciudad.

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Tampoco deberemos dejar de visitar la Catedral, cuyo conjunto arquitectónico es bastante singular. Una vez allí recomendamos tomar la comercial y moderna calle Gedimino para visitar el museo del genocidio, ya que además del propio interés del mismo, se ubica en la auténtica sede que tenía la KGB en la localidad.     

Por último, dentro de lo imprescindible, destacamos el barrio de los artistas (Uzupis). Es muy bohemio, hasta el punto de haberse declarado república independiente y contar con sus propias leyes, las cuales están expuestas en un muro para que el visitante pueda leerlas.

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Dirigiéndonos hacia el norte, a apenas 300 kilómetros, se encuentra Riga, capital de Letonia. Su casco histórico está muy cuidado y orientado al turismo. Recomendamos perderse por sus calles y disfrutar de sus edificios, en muchos casos restaurados bastante recientemente debido a las muchas guerras sufridas. Las plazas del ayuntamiento y la catedral suponen una parada obligatoria. Las numerosas cervecerías que encontraremos a nuestro paso hacen que goce además de un animado ambiente nocturno.

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Fuera de la zona antigua pero muy próximo a ella, deberemos visitar el mercado, compuesto por cinco enorme edificios que en la Segunda Guerra Mundial fueron utilizados como hangares para zeppelines. En dicho mercado obviamente destacan el salmón y los arenques pero incluso encontraremos un puesto de productos españoles razonablemente bien avenido.

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Una vez en esa parte de la ciudad, podremos contemplar grandes contrastes arquitectónicos: los antiguos ministerios soviéticos, señoriales edificios modernistas y el moderno rascacielos que acoge el hotel Radisson y en cuya azotea se encuentra un café de vistas espectaculares.

A poco más de cuatro horas de autobús se encuentra Tallin. Allí encontraremos un casco histórico más atractivo aún que los anteriores y con una mejor conservación gracias a que las guerras fueron más respetuosas con esta ciudad. Se encuentra dividido en las zonas alta y baja.

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En la zona alta se encuentran el castillo, con sus torres y estupendos miradores; las catedrales (católica y ortodoxa) y multitud de edificios oficiales, tanto del gobierno estonio como embajadas y demás.

La parte baja, cuyo eje es la imponente plaza del Ayuntamiento, destaca por los preciosos edificios en los que se ubicaban los antiguos gremios.

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Fuera de esta zona, el parque de Kadriog bien merece un paseo si el tiempo lo permite para visitar su palacio.

Alrededores:

A sólo 28 kilómetros de Vilna se encuentra, rodeada de lagos, la ciudad de Trakai con un precioso castillo restaurado tras la independencia lituana. Siguiendo en esa dirección pero ya a más de una hora de autobús podremos dirigirnos a Kaunas, segunda ciudad más importante del país y auténtica capital del deporte rey para los lituanos, el baloncesto. De hecho, se comenta que dando un paseo por su pequeño centro no es difícil tropezarse con toda una leyenda del basket como Arvydas Sabonis. Tanto el castillo como sus numerosas iglesias no están exentos de interés.

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Si queremos realizar una excursión desde Riga, a unos 30 kilómetros se encuentra la playa de Jürmala, referencia turística en las costas del Báltico.

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Por último, en Tallin hay un gran puerto desde el que coger ferrys hacia Estocolmo, San Petersburgo o Helsinki. La capital finlandesa puede ser una buena opción ya que es la más próxima y el trayecto nos llevará alrededor de dos horas. De hecho, dada la gran diferencia de precios existente entre ambas ciudades, es habitual que los fineses crucen hasta la capital estona para realizar acopio, de bebidas alcohólicas sobre todo. De Helsinki el visitante no debería perderse la histórica estación de ferrocarril y las catedrales ortodoxa y luterana.

Gastronomía:

A pesar de que a día de hoy estas tres naciones tienen el euro como moneda, aún existen grandes diferencias en cuanto a los precios respecto a España, sobre todo en el caso de Lituania ya que acaban de entrar en la unión monetaria. Este hecho puede favorecer que aprovechemos para deleitarnos con su gastronomía. Todos estos lugares tienen en común platos ultracalóricos y sopas, para combatir las bajas temperaturas del crudo invierno, así como cervezas artesanas de gran calidad.

De Vilna podemos recomendar el Dvaras, cocina típica lituana donde incluso el personal va ataviado con trajes típicos, y el Lokys, en el pintoresco ghetto judío. Son muy sabrosos los entrantes que suelen poner a base de pan de ajo y queso.

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En Riga, como comentábamos, hay numerosas cervecerías que elaboran su propia cerveza y en las que también podremos comer o cenar. Otra buena opción será dirigirnos a algún restaurante para estar más tranquilos y degustar un buen pescado o una carne bien especiada.

Por último, en Tallin os recomendamos visitar el Leib Resto ja Aed, comida muy elaborada que podremos maridar con la cerveza que nos aconsejen. Otra opción más animada sería el céntrico Olde Hansa, de ambiente medieval. Para terminar, cualquiera de los varios restaurantes de la calle Rataskaevu, como por ejemplo el Von Krahli Aed o el Rataskaevu 16, resultan más elegantes e íntimos.

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