Hoy salgo de casa y me dirijo como cada lunes por la tarde a clase de inglés (menos los lunes por la tarde que no voy porque no me sale de los huevos, que son muchos).
Durante el trayecto hasta la Escuela, todo normal. Como siempre. El ir y venir de gente por La Alameda. Mi Bar de “perlaos” preferido cerrado por ser aún demasiado temprano… Todo normal. Como siempre. Pero algo cambia. Antes de comenzar a subir la última cuesta. La última antes de llegar a mi destino, una muchacha rubia, de tez blanquecina y mirada distraída, con los rasgos característicos de una Europa del Este, se cruza en mi camino. Nos miramos. La sigo por la cuesta. Voy detrás suyo (¡¡No!!, no la miro el culo. Bueno sí, una mirada rápida. Tiene un culo perfecto).
Llegamos al paso de cebra, cruza, y del bolso se le cae un tubo de crema de manos. Por un momento vuelvo a ser un niño y rememoro en mis adentros ése cuento en el que una “princesita” pierde su zapato en un baile. Recojo el tubo de crema.
- Ey!! perdona… se te ha caído la crema de manos. (La sonrío).
- Muchas gracias!! (Me sonríe).
Nuestras miradas vuelven a cruzarse, y casualmente los dos entramos en el edificio de La Escuela.
Ahora es ella quien me sigue por las escaleras. Abro la puerta del pasillo del primer piso para quedarme en la biblioteca escribiendo un rato antes de la clase, con la esperanza de que ella siga mis pasos. Sostengo la puerta y por un momento giro la cabeza hacia atrás, para asegurarme de que sigue allí (sabía que seguía allí perfectamente). Quiero que entre detrás mío… nuestras miradas se encuentran por tercera vez, pero ella continúa su camino hacia el piso de arriba.
Miro el cielo a través de la ventana de la biblioteca. La tarde se ha nublado. Mi corazón también.

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